La siega del arroz

Algunas fotos de la siega del arroz y la captura del cangrejo, a finales de septiembre, en los arrozales de La Puebla del Río. Más fotos en el correspondiente álbum de mi Flickr.

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La senda del colono

Cuarta entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.

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En el mismo límite del Parque Nacional, y con el camino hacia el norte -el que lleva a Villamanrique de la Condesa- bloqueado por las aguas, no hay otra alternativa que dirigirse hacia el sur, rumbo hacia los poblados de colonos de las Islas. El más cercano, y también el más importante, es el de Isla Mayor, la antigua Villafranco del Guadalquivir, a unos 12 kilómetros del Centro José Antonio Valverde.

Como un sueño que se desvanece, el mundo sobre el agua va quedando a la espalda mientras el sol alcanza su cénit y parece que el campo se seca y se cuartea, se torna ceniciento y amarillo bajo la luz del mediodía. Todavía se ven bandadas de garzas blancas y negras, pero cada vez son menos, y casi se diría que la tierra árida y agreste expulsa la vida de sus dominios. Cuanto más se acerca a los poblados más va notando uno la mano implícita del hombre en todo cuanto ve, en esa ausencia de vida que vuelve, como un espejismo, encarnada en el verde del arroz en el verano, por la magia del bombeo del agua en los canales y de las semillas rociadas desde los aviones.

Éstos son los caminos por los que transitan los colonos desde hace un siglo, cuando vinieron desde las albuferas del Levante a poblar una tierra inhóspita e insalubre, salvaje, indómita ante las manos rudas, hábiles, curtidas de los hombres. Aquí, en medio de esta nada, habrá dentro de unos meses un ruido incesante de motores, de aviones y tractores, de máquinas diabólicas que claman al cielo buscando el fruto de la tierra. Los colonos buscarán el premio de su esfuerzo y marcharán a casa, y el campo quedará desierto, seco y cuarteado, un año más. Y volverán las garzas, y habrá nada.

La marisma tiene magia que hace que el páramo más seco preceda a un puente sobre el río de Casarreales, que casi anega su superficie, pero la deja al descubierto. De pronto, y de nuevo, el mundo sobre el agua. Es la antesala de Isla Mayor, el mayor de los poblados de colonos que se fundaron en la zona tras la desecación durante la dictadura de Franco, quien le otorgó su nombre original, Villafranco del Guadalquivir, abolido en 2000.

Isla Mayor, como el resto de aldeas de la zona, vive casi exclusivamente de la siembra de arroz en los meses de verano y de su comercialización durante el resto del año. En esta época, cuando aún faltan un par de meses para que el campo se prepare para la inundación y la siembra, los almacenes aún bullen de actividad y conservan numerosas y enormes sacas repletas de grano. También hay otra industria, la del cangrejo, íntimamente ligada a la del arroz, pues la supervivencia de esta especie depende de los cultivos y de las buenas cosechas. La especie de cangrejo presente en las marismas no es la propia del país, sino que es la variedad americana de cangrejo rojo de río (procamburus clarkii), con forma de cigala pequeña. a mediados de la década de los 70, unos 100 kilos de esta especie fueron introducidos en un vivero de anguilas de la marisma, de donde muchos ejemplares escaparon, invadieron los canales, se reprodujeron rápidamente y acabaron devorando a la variedad autóctona, hoy inexistente en esta zona.

La gastronomía local, famosa en toda la provincia, se basa en platos que tienen como ingrediente principal el arroz, como es lógico, aunque la especialidad radica en las diferentes recetas para prepararlo. La combinación clásica es la de arroz con cangrejo, que se come durante la Fiesta del Arroz, celebrada a la par que la feria, en el mes de junio. No obstante, también es un plato habitual el arroz con pato o preparado en paella, un vestigio del origen valenciano de algunos colonos.

El cangrejo también da juego, ya que normalmente, además de con arroz, se prepara con un refrito de tomates, aunque también al ajillo o en salsa. De igual importancia son las recetas de pescado y marisco, como los albures, los boquerones, las anguilas o los camarones, cocinados en tortilla o con pimientos y cebolla. El lugar idóneo para degustar todo esto es el Restaurante El Estero (Av. Rafael Beca 6-11, Isla Mayor), uno de los más afamados de la provincia gracias a su especialidad en gastronomía local -que ya por sí tiene buena fama- pero también a la calidad del servicio y de la preparación de los platos.

Los poblados no son sólo un sitio para comer o estar de paso. Aunque no gozan del atractivo de un gran emplazamiento histórico o monumental, sí que tienen en su favor no sólo el entorno paisajístico, sino el encanto de los antiguos pueblos que algunas localidades del interior del Aljarafe aún conservan. Si bien en Isla Mayor, más acosada por la industria y las naves, no se da tanto esta condición, en el vecino poblado de Alfonso XIII, a cuatro kilómetros en dirección hacia Sevilla, se encuentra ese encanto de pequeña aldea, de casas encaladas con geranios en las ventanas con rejas. De aldeanos sentados en las puertas de las casas, conversando en mecedoras y fumando algún cigarro con el tiempo atesorado en la mirada y en los surcos de la frente.

Hay rincones, plazas y paredes que cuentan historias del Sur, del campo ceniciento, de las mañanas brumosas de febrero, de las garzas y las cigüeñas. Y también de los hombres, de pescadores, de los marinos que venían desde río abajo, de campesinos valencianos que aún conservan su acento y sus costumbres. Hay vida y cal y luz en los poblados.


El mundo sobre el agua

Tercera entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.

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El camino prosigue desde los pagos de Peroles, poco antes de llegar a la casa de bombas, a unos 10 kilómetros de la Venta del Cruce y a unos 4,5 del poblado de Isla Mayor, según indica un cartel junto a una bifurcación del sendero.

Tomamos rumbo hacia el oeste, nos adentramos más y más en la zona de humedales y dejamos atrás la mayoría de los cercados de reses bravas, aunque se pueden encontrar casi por todo el territorio de la marisma. A partir de aquí, la vegetación se va haciendo más tupida y las zonas encharcadas más abundantes, aunque persisten las parcelas de regadío y las que no cuentan con tanta flora. En las vetas pueden verse algunos rebaños de ovejas. Llevan lazos rojos en el cuello para protegerse de los zorros, que abundan por esos pagos. Las borregas invaden el camino. Se ve que están acostumbradas a ello y que no les importa demasiado la presencia de los viajeros.

El agua gana terreno a cada paso que avanzamos. Pronto llegamos a un puente que cruza sobre un arroyo. Al otro lado, el riachuelo desemboca en una gran laguna, bastante más pequeña que la que hay 500 metros más adelante. Aunque todavía surge vegetación de entre las aguas y se ven espacios dedicados a la siembra del arroz -por tanto, secos-, una parte importante de la gran cuadrícula que conforman los pagos y los caminos en la marisma se encuentra anegada como resultado de las fuertes lluvias del invierno. Las inmensas lagunas y los arroyos que se ensanchan, se bifurcan y abarcan y rodean los arrozales secos vuelven más intenso el contraste entre el agua y la tierra cenicienta.

La vegetación que desaparece deja paso a una fauna más numerosa. No sólo hay garzas, sino que, sobre todo, están presentes las aves acuáticas, como patos y fochas cornudas, e incluso algún flamenco. Estamos cerca del límite con el Parque Nacional de Doñana y la población avícola se multiplica. Precisamente enclavado en el límite del Parque, como una especie de puerta para el viajero, se encuentra el Centro de Visitantes José Antonio Valverde, el principal de varios centros de observación y avistamiento de aves que la Junta de Andalucía mantiene en diversas zonas del parque, desde esta misma marisma hasta las dunas o los pinares.

El observatorio, dedicado a la recepción de visitantes tanto individuales como en grupos, tiene la misión de proporcionar una oportunidad de avistar a las aves y proporcionar información de diverso tipo sobre el entorno, su historia y la fauna y flora locales. La importancia del Centro José Antonio Valverde radica en su situación estratégica, junto al Lucio de las Gangas, una gran laguna natural que una ingente aglomeración de aves de distintas especies -garza blanca, garcilla negra, focha cornuda, flamencos, etc.- usa como lugar de descanso y alimentación en su paso entre Europa y África.

(clic en la imagen para ampliar ma non troppo)