¿Cuánto sudan la camiseta los diputados de Sevilla en el Congreso?

sevilla report | Ahora que el descontento de los españoles con los políticos arrecia y se acrecienta avivado por los recortes, la crisis que sigue fagocitando el país sine die y, para colmo de males, con el bochornoso espectáculo que algunos representantes públicos dan en el Congreso, en sevilla report hemos estado reflexionando sobre todo ello y hemos acabado haciéndonos una pregunta que de seguro es tan vieja como extendida: ¿qué hacen los diputados que hemos elegido en las pasadas elecciones del 20 de noviembre en la provincia de Sevilla?

De este modo, ni cortos ni perezosos -hace falta no serlo para indagar sobre cuestiones así-, hemos armado un zafarrancho de búsqueda y hemos arramplado con todos los datos disponibles en la web del Congreso de los Diputados acerca de los doce representantes de nuestra provincia en la Cámara Baja.

Cuando uno se pregunta a qué se dedican los diputados, lo normal es que alguien responda lo -supuestamente- obvio: a representar al conjunto de los ciudadanos que los han votado (y, también supuestamente, a los que no) y a los intereses de dichos electores. Pero lo cierto es que de inmediato surge una nueva cuestión: cómo representan a los ciudadanos. En sevilla report no sólo hemos querido responder a esta pregunta fijándonos en cuál es la actividad de cada uno de los diputados sevillanos en el Congreso. También, especialmente, hemos querido saber cómo enfocan esa actividad para solucionar los problemas de la provincia que los ha enviado con sus votos a la Carrera de San Jerónimo de Madrid.

La respuesta completa a esta intrincada pregunta, cómo no, en sevilla report.


La encrucijada de Izquierda Unida en Andalucía

sevilla report | El de los recortes que va a aplicar el nuevo Gobierno de la Junta de Andalucía está siendo el primer culebrón de un verano que se presenta bastante calentito en lo social como en lo político, y no precisamente por el viento que abrasa la cara en las tardes de Sevilla, o porque las noches de nuestra ciudad sean más infernales que los días en buena parte del país.

El final de esa larga culebra, a modo de corolario, es la disputa interna de Izquierda Unida a causa del apoyo de la dirección del partido, encabezada por Valderas, vicepresidente del Gobierno andaluz, a los recortes contemplados en el plan de ajuste de la Junta de Andalucía, con una reducción de 747 millones en las nóminas de los funcionarios autonómicos.

Durante la última semana, las críticas contra este apoyo entre las bases del partido se han sucedido desde el clamor inicial hasta sofocarse en cierto modo tras la última reunión de la dirección de la coalición en Andalucía. Incluso los críticos con el sí de Valderas a los recortes, caso del vicesecretario general del PCA, Juan de Dios Villanueva, han aceptado esta postura como conveniente.

Al fin y al cabo, todos tienen claro que la disolución del Gobierno bipartito es una opción impensable en estos momentos, a pesar del órdago que, en un principio, lanzó Valderas poniendo sobre la mesa la ruptura del pacto. El propio vicepresidente andaluz pone de manifiesto la cruda realidad en su carta dirigida la militancia el pasado viernes: “Para avanzar socialmente debemos seguir siendo una fuerza de lucha y de Gobierno”. También Villanueva, desde su postura crítica, deja muy claro ya en el título de su artículo en la web del PCA de Sevilla que “no se trata de «Gobierno sí» o «Gobierno no», sino de cómo se gobierna”.

El resto del análisis, en sevilla report.


El 15M avanza con paso firme tras cumplir un año

sevilla report | La Sevilla eternamente barroca, la que implanta la carrera oficial en su Semana Santa, la que canoniza a San Fernando y lo hace patrón de la ciudad, aquella que se decanta, ante las disputas entre franciscanos y dominicos, por las Inmaculadas de Martínez Montañés y de Murillo, es un dicho recurrente en boca de quienes la adulan.

Pero a los motivos históricos y de tradición artística, monumental, propiamente urbana, hay que añadirle otros más intrínsecos al alma y al ser profundo de una ciudad que sólo conoce quien la vive o la sufre, que es otra manera de sentirla y, por tanto, de amarla. Así es el alma sevillana: siempre cerrándose sobre sí misma en círculos cada vez más concéntricos. Más que por las tallas de imagen, por los frontispicios de las iglesias y los palacios, más que por ese carácter magnificente de la ciudad que llega al nivel de lo exagerado o por ese claroscuro continuo que sume al paseante en una infinita sorpresa, Sevilla es barroca por sus singulares habitantes, expertos en la tradición de convertir la más rizada de las volutas en una mera anécdota y, al mismo tiempo, escenificar una pose hasta el histrionismo y convertir la tramoya, el puro artificio, en la más genuina y auténtica de las realidades. Sevilla siempre en sí misma, pero nunca para sí misma.

El 27 de marzo del año 2011, tras casi cuatro años de retraso, el entonces alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, inauguró el Metropol Parasol (las conocidas como “setas” de la Encarnación) entre expectativas, tanto oficiales como entre los propios sevillanos, de que la nueva Plaza Mayor se convirtiera en el flamante epicentro de la vida callejera de la ciudad.

Lo que tardó cuatro años más de la cuenta en levantarse y costó bastantes millones de euros más de lo previsto, un símbolo del dispendio de los años de grandes proyectos y la megalomanía que enladrillaron este país, se convirtió finalmente en el corazón de la urbe gracias a los miles de sevillanos que, tarde sí y tarde también durante casi un mes, abarrotaron la plaza y las escalinatas, aunque no precisamente en la forma y con el objetivo que más hubieran querido los gobernantes hispalenses.

Igual que en aquella Sevilla del siglo XVII que menospreció a la corte para alabanza de los aldeanos, de pronto y sin aviso previo, decenas de miles de sevillanos se lanzaron a la calle la tórrida tarde del 15 mayo de 2011, al compás de otras muchas ciudades de España, y ocuparon las escalinatas y todo el entorno urbano del fastuoso Metropol Parasol. La plaza fue bautizada “Plaza de Mayo” por quienes hicieron de ella su casa, como símbolo inequívoco de conquista popular. Les bastó para ello tapar una ere sobrante e intermediar la preposición “de” entre las dos palabras que conforman su nombre.

Como hongos bajo las setas que tardaron años en izarse, miles de moradores de la ciudad brotaron de la nada para, clamando por su dignidad y contra esta crisis que consideran una estafa, echar abajo el sambenito impuesto por cierto columnista local, que persiste en tachar a Sevilla de ciudad “tragona” y “cobarde”.

Al igual que cuando el nacimiento del barroco, la ciudad y todo el país estaban sumidas en una profunda crisis, que luego ahondaría con el transcurso del tiempo, y que desembocaría entonces en el motín de la calle Feria, en 1652, por la escasez y el alto precio del pan y ahora en el renacer de un movimiento ciudadano que exige más democracia y participación en las decisiones que gobiernan sus vidas, ante la manifiesta e interesada ineptitud de sus dirigentes políticos.

El reportaje completo, en sevilla report.


Izquierda Unida, objeto de deseo

Jesús Rodríguez / Gregorio Verdugo. El cansancio, las ojeras y la resaca -en según qué caso- que siguen a las noches electorales, sobre todo si son de sorpresa, como la de anoche, tienen el lado bueno del sosiego informativo tras una tarde-noche de sondeos con la misma puntería que una escopetilla de caña, como dejó en evidencia el resultado. La mayor parte pronosticaban lo mismo que habían venido haciendo las encuestas desde hacía ya tiempo: una holgada mayoría absoluta para el Partido Popular.

Sin embargo, al filo de la una de la tarde, una fuente nos envió un mensaje con el resultado de una israelita (encuesta a pie de urna) realizada a las doce, y que contradecía a todos los sondeos, ya que vaticinaba un vuelco respecto de los pronósticos previos. Así lo publicamos en twitter a las 13.27, con el consiguiente revuelo.

Tras la resaca de la intensa jornada electoral, Andalucía se ha despertado hoy con más cara de lunes de lo habitual, ojerosa y triste. Algo parecido a como lo habrá hecho Javier Arenas -y muchos de los que tenían esperanza puesta en su victoria- en esta mañana de entender que el mundo y la vida siguen ese curso que nos fuerza a aceptar las cosas tal y como vienen.

La jugada de Arenas, una vez más, ha sido torpe. Ha cometido el error de bulto que ni el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, ni el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cometieron: creerse que esto estaba hecho. Estos dos arrasaron. Arenas se ha quedado a las puertas. A la mala imagen que dio al negarse a dar la cara ante los andaluces -y despreciar la oportunidad para dar el golpe de gracia a un moribundo Griñán- en el debate en Canal Sur, hay que sumar el flaco favor que Rajoy le ha hecho con su agresiva política de recortes.

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La hora de los perros viejos

Hoy, domingo, 25 de marzo de 2012, es el día del cambio de hora, y también, dicen, es el día en el que llega la hora del cambio. Los partidos llevan vendiéndonos la misma burra desde aquella campaña de 1982 que llevó a La Moncloa a Felipe González. Desde entonces, el cambio ha pegado más de un bandazo, desde la izquierda a la derecha, hasta acabar siendo otra muletilla prostituida por el marketing político, porque lo cierto es que cambio ha habido poco. Y menos en Andalucía.

Después de 30 años de gobierno del PSOE, exceptuando aquellos dos de la coalición entre el PP e Izquierda Unida -la “pinza”, que es un muy curioso concepto acuñado por los socialistas para denominar cualquier pacto o gobierno en el que ellos no pinten lo más mínimo-, bien se puede decir que Andalucía no es la misma que la que dejó el franquismo, pero se le parece. Cuanto menos, sigue siendo, como entonces, la región más atrasada de España, y acaso de Europa.

Podría decirse que comparar la Andalucía de 1982 con la de hoy es una tontería, que 30 años son muchos como para no haber cambiado lo más mínimo. Es cierto, como cierto es que algo hemos mejorado. Faltaría más, tiempo hemos tenido. Pero si de tener tiempo se trata, con tres décadas ha contado el PSOE para hacer que Andalucía deje de ser el culo de Europa, y lo único que ha demostrado es su incapacidad para lograrlo.

Sí, 30 años son muchos. Demasiados. Tantos que una generación entera, la de los 80 en adelante -a la que pertenece un servidor, no ha conocido otro gobierno que el del PSOE, y muchos ni siquiera hemos visto con nuestros ojos otro presidente de la Junta que Manuel Chaves, aparte de José Antonio Griñán en estos últimos años.

Para estar los socialistas en tan férrea oposición al franquismo y todo lo que representa, y para estar siempre erigiéndose en liberadores del pueblo andaluz frente a esa derechona rancia a la que invocan permanentemente a fin de meter el miedo, bien paradójico es que lleven casi tanto tiempo en el poder como lo estuvo el dictador, tramas de corrupción incluidas, como en los mejores regímenes autoritarios.

Pero no se preocupen, que hoy, dicen, llega el cambio. El de Javier Arenas, ese antihéroe de la política andaluza al que, como el gobierno socialista, los que nacimos de los 80 en adelante recordamos batallando sin éxito como un Quijano incansable contra el molino del PSOE, en una derrota perpetua, tres de tres (1994, 1996 y 2008) y un medio gobierno (1994-1996) que no llego a ser del todo, pero que ahora, a la cuarta, parece que se culminará por fin.

Quizá éste sea el único cambio que acompañará a Arenas, pues quienes lo hemos visto a lo largo de todos estos años ya nos lo tenemos bastante bien conocido, aunque sólo sea de verlo en esa segunda fila de la oposición, y no poniendo en marcha políticas desde el gobierno autonómico.

Más allá, como orquesta en esta pelea de gallos -o de viejos perros que se conocen desde hace bastante-, está la Izquierda Unida de Diego Valderas, otro muchachito que lleva en el Parlamento de Andalucía desde el año 1986, y que fue pareja de baile de Arenas en aquel efímero gobierno de entre el 94 y el 96.

Junto a fieles escuderos como Juan Manuel Sánchez Gordillo, otro recién llegado a esto de la política (alcalde de Marinaleda, Sevilla, desde 1979), Valderas es un vivo reflejo de ese cambio que a partir de hoy veremos por doquier, aunque en caso de que Arenas no gane con mayoría absoluta tendrá que decidir con qué pierde más: si absteniéndose en la votación de investidura o si apoyando la perpetuación, cuatro años más, del gobierno del PSOE.

Al otro lado del campo de batalla, deseosos de entablar combate, tres nuevos -qué digo nuevos, como si los otros fueran viejos- contendientes. En primer lugar, UPyD, que porta el estandarte de la incoherencia, al presentarse a las elecciones de una de esas comunidades autónomas que la líder nacional de su partido, Rosa Díez, calificó no hace mucho como “chiringuitos”.

En dura pugna con el partido magenta está el ave fénix -quién sabe hasta cuando- de la política del Sur, el Partido Andalucista, ese partido guerrero -como se le conoce por estos lares a causa de sus continuas luchas intestinas- hoy comandado por la integradora Pilar González, repleto de nuevos milicianos -como Fernando Álvarez-Ossorio o Pilar Távora- de una desbordante ilusión con la que ya veremos si finalmente consiguen recuperar el apoyo perdido fuera y dentro del partido.

Y en alguna esquina de la más moderna y olvidada izquierda se encuentra Equo, el partido verde que, de tan verde, aún ni se le espera en la bancada de los diputados andaluces. La esperanza de este verde partido es la de mucha gente que confía en que introduzcan, como ellos pretenden, frescor en la política a todos los niveles, ahora también autonómico.

Pero estos tres contendientes, aseguran todas las encuestas, son harina de otro costal que no se abrirá por el momento. Mientras tanto, Andalucía se debate entre la encrucijada de desalojar a quienes llevan tres décadas apoltronados en el poder y sustituirlos por alguien que lleva casi tantos años intentando hacer lo propio, en un quiero y no puedo patético. Entre el cambio por algo que es lo mismo de todo este tiempo atrás, y el camino seguro, por el que seguro que iremos a ver repetido lo mismo que durante estos 30 años hemos visto y vivido, que es peor.

La única seguridad en el camino de los andaluces es que hoy hay un cambio, uno de mentalidad, el de tener la certeza de que esa esperanza que pedía la blanca y verde no llega tras siglos de guerra que hoy, con el trono de San Telmo como objetivo, continúan. Una guerra en la que, como en todas las que ha vivido esta tierra, gane quien gane, serán los andaluces los que pierdan.


El cambio sin cambio

Jesús Rodríguez/ Gregorio Verdugo. Esta mañana ha sido la mejor para pasear por los pasillos no sólo porque haya sido la de la resaca de la elección del nuevo líder del PSOE, sino porque no había mucho más a lo que prestar atención, aparte de los nombres de la nueva cúpula del partido, que no es poco, pero que ya se conocían a primera hora.

Entre los militantes, el ánimo de iniciar una nueva etapa y trabajar para volver a ilusionar a la ciudadanía y a los mismos socialistas queda aplacado por la sensación de decepción de muchos que incluso desde antes del comienzo del 38 Congreso presentían que éste no iba a ser más que una pantomima para dejarlo todo amarrado por la vieja guardia, para que nada cambie y que las bases sigan sin contar con protagonismo.

Una opinión que no hace más que reflejar la división que reina en el PSOE desde hace ya demasiado tiempo y que amenaza con alargarse más de la cuenta, para desesperación de los socialistas. La viva imagen de esta ruptura son los exiguos 22 votos de diferencia con los que Rubalcaba se ha impuesto a Chacón, amén de las puñaladas -metafóricas, aunque casi se haya llegado a las manos en algunos momentos- que hemos visto antes y durante este 38 Congreso.

Sin salida para Griñán

Puñaladas por doquier y las que, sin duda, nos quedan por ver, especialmente con las elecciones andaluzas a la vuelta de la esquina -el 25 de marzo- y con la Federación Socialista de Andalucía partida en dos como una sandía y repleta de vencedores (Felipe, Zarrías, Pizarro, Viera, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis) y, sobre todo, vencidos (Griñán, Susana Díaz, Juan Espadas).

El presidente andaluz, José Antonio Griñán, es uno de los que más ha perdido, tanto o más que la propia Chacón. Ante una cita electoral en la que todas las encuestas dan mayoría absoluta al PP de Javier Arenas y una sima en el PSOE-A acrecentada por el Congreso y la derrota de Chacón, la cara de muerto de Griñán en la tarde de ayer reflejaba el temor a la purga en la que todos estaban pensando nada más conocerse la victoria de Rubalcaba.

El cántabro también ha decidido incluir a Griñán en ese designio de la vieja guardia del PSOE de mantenerlo todo bien amarrado al que aluden muchos socialistas, y por ello ha decidido colocarlo como presidente del PSOE, un cargo florero que le permitirá controlar los movimientos de Griñán, especialmente tras los cambios que se esperan que se produzcan en la ejecutiva andaluza tras la presumible debacle socialista en las elecciones del 25 de marzo.

Unidad, unidad, unidad

El trabajo que le queda por delante a Rubalcaba es ingente, más que nada por el principal objetivo que ha marcado -y remarcado- a los militantes: “unidad, unidad, unidad”.

Como ya ha dicho esta misma mañana el alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, mal empezamos, con los chaconistas y los rubalcabianos lanzándose acusaciones mutuas de no integrar y de no querer integrarse, respectivamente, en la nueva Ejecutiva federal.

Sea como sea, sí es cierto que en la lista de Rubalcaba hay pocos cargos de relevancia que correspondan a partidarios de Chacón, aunque llama la atención la importancia que ha adquirido la Federación Socialista de Madrid, que mantiene a sus cargos en la anterior Ejecutiva e incorpora a Rafael Simancas, Jaime Lissavetzky y Elena Valenciano.

Rubalcaba ha cerrado el 38 Congreso Federal con un discurso en el que ha incidido en sus dos ideas claves: “unidad y trabajo”, al tiempo que ha hecho lo que Chacón realizó ayer: dar paso al discurso mitinero y de campaña, de oposición al PP. Sólo que Chacón se saltó el paso previo: hablar a los mismos socialistas e intentar conciliar el partido. Lo que ayer hizo Rubalcaba.

Más allá de eso, muchas propuestas llevadas a cabo en las comisiones de trabajo. La más relevante, la apertura del partido a los simpatizantes y la instauración de primarias abiertas “a la francesa” para la elección del candidato a presidente del Gobierno. Pero de instaurarlas en la elección de secretario general, lo que piden las bases, nada de nada.

Ha sido incisiva la apelación al partido, a la necesidad de conformar un grupo que tiene que tirar de esto. Muchos ven en ello una referencia al mismo aparato que llevan 30 años controlando Felipe y sus pretorianos. Esa idea que fluctúa por debajo del eslogan del cambio, y que Íñigo Sáenz de Ugarte, con acierto, resumió en Twitter recordando la novela ‘El Gatopardo’ de Lampedusa: es preciso cambiar todo para que todo siga igual.


Entre el discurso y el mitin de pueblo

Rubalcaba y Chacón se abrazan tras anunciarse la victoria del cántabro

Jesús Rodríguez/ Gregorio Verdugo. “Hemos escuchado un discurso y un mitin electoral en un pueblo de la Andalucía profunda”.  Con estas palabras nos describía ayer un veterano militante socialista curtido en infinitas batallas orgánicas lo sucedido en el plenario del hotel Renacimiento durante la mañana del sábado.

Todos los analistas congregados para cubrir el 38 Congreso del PSOE, en sus publicaciones o en los tuits que iban vertiendo en el hashtag #38congresopsoe, señalaban el error de bulto, tanto en la forma como en el contenido, de la intervención de Carme Chacón ante los delegados.

En efecto, el tono de la catalana no fue el adecuado para una audiencia que esperaba precisamente otra cosa. “Qué me va a decir a mí Chacón sobre el PP que yo no sepa”. Ésa era la expresión más habitual en los militantes cuando se les preguntaba sobre los discursos de los dos candidatos.

La gran diferencia, probablemente la que determinó el que la balanza comenzara a desequilibrarse, fue que Rubalcaba enarboló un discurso en clave interna que esbozaba a la perfección el modelo de partido que quería imponer, mientras que en la alocución de Chacón costaba trabajo encontrar similares referencias.

Rubalcaba ofreció a sus compañeros fiabilidad, cambio ordenado, supervivencia tranquila para un partido gravemente herido y vapuleado en sus últimas contiendas electorales. Rubalcaba ofreció partido como la alternativa más segura y fiable para superar la grave crisis en la que está sumido el socialismo español. El partido como único salvavidas al que aferrarse en estos tiempos de tormenta. Y la gente lo entendió a la primera y optó por esa tabla de salvación.

Chacón apostó por el mitin electoral más propio de una campaña. Su gran error fue ignorar que quienes iban a depositar la papeleta de voto en las urnas son incondicionales votantes del partido en el que militan, no indecisos a los que hay que aleccionar para que acudan a las urnas y apuesten por una opción. Lo que a ellos les preocupa realmente es el futuro del partido en el que militan y del que depende en una gran parte el futuro de sus propias vidas.

El intento de la catalana de saltarse los tiempos y soslayar de manera temeraria lo que se le viene encima al PSOE en el medio plazo fue cuanto menos suicida. Apostó porque la travesía del desierto no existe, como si fuera una alucinación colectiva que tiene imbuida a la militancia, y dibujó un resarcir como el ave fénix que nadie más vio.

Rubalcaba no sólo dejó entender que la travesía del desierto existe, sino que va a ser más dura que lo que en principio se esperaba. Y ahí ofreció liderazgo y mano firme para gobernar la nave en tiempos de tormenta. En esa apuesta, segura, tranquila, de un viejo conocedor de los engranajes internos del partido centenario, se cimentó su victoria. El cántabro sabía mejor que nadie que lo que tenía que ganar era un congreso, mientras que la catalana parecía que pretendía ganar ya las próximas elecciones generales desde el atril del plenario.

Puede sorprender que el dirigente que cosechó la derrota más histórica del PSOE en unas elecciones democráticas y que ha dejado al partido con unos exiguos 110 diputados sea el elegido para conducir la nave de un partido prácticamente en la ruina política. Pero las tormentas en el interior de las maquinarias de los partidos políticos no se parecen en nada a las climatológicas y a veces es preferible seguir mojado mientras arrecia la lluvia para prevenir mejor el resfriado.